Tranquicardia

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Abracadabra

Lo que siempre me disgustó de los magos es que la magia no existe. Ahora fíjese bien: esto es sólo un sombrero, observe con cuidado, a ver alguien del público que pueda dar fe de que se trata sólo de un sombrero; nada por este lado, nada por el otro. ¿De dónde diablos salen esas palomas con pinta de mensajeras, los conejos de algodón, el tren de pañuelos de colores? La magia no existe pero ellos, los magos de negro, mueven el anular de un chasquido, doblan con furia el índice, descuelgan el meñique y nace un árbol de sus mangas. Acróbatas del ilusionismo, proponen que la vida es ilusión y toda ilusión, ya se sabe, más que una esperanza es una mentira. No es que el público les crea, es que quisiera creerles, y allí el truco: la magia no desilusiona porque necesita de la complicidad de quien se deja engañar, feliz, como un amante atormentado: sé que me mientes, pero sigo contigo. Ahora, sin embargo, elija una carta de esta baraja, cualquier carta, no la toque, ¿ya la eligió? Bien, memorícela. ¿Es el tres de copas, no? ¿Cómo podía ese desconocido saber que era el tres de copas? ¿Acaso puse cara de tres de copas? La magia es irrespetuosa: promete desnudar nuestros pensamientos, y cualquier desnudez nos horroriza y nos hace felices. Rojo es el color en el que estás pensando; perro, el animal que has dibujado en ese trozo de papel. Sabe Dios –que también es mago– cuál es la técnica para desaparecer un autobús y aparecerlo allí, en esa esquina que estaba sólo en tu cabeza. Y te da miedo. Hoy, los magos del nuevo siglo saben volar sin propulsores y cruzan los aires de un edificio a otro. Te piden escoger un naipe, te tocan la frente y te arrancan ese naipe por la boca, sin dolor. Coreógrafos del poder mental, improvisan una nueva postura de concentración y amanecen varios días dentro de un hielo. Piensa en un animal, dicen, y el animal sale maullando de un espejo. David Copperfield, a su lado, parece tan inocente como nuestro sobrino de seis años estrenando su primer juego de magia. Abracadabra. Pero la magia no existe y sólo es real la tecnología que hace posible esa ilusión: algún día desaparecerá la Tierra y bastará un clic para aplaudir de nuevo. ¿Cómo lo hacen?, nos seguiremos preguntando, y hasta habrá quien asegure que se trata de un pacto con el diablo. Lo he escuchado alguna vez. Se ha escuchado siempre. Simón el Mago, cuando la Biblia no era un libro, le mostraba sus poderes al emperador Claudio, en Roma, y un par de apóstoles, asustados, le pidieron a Dios que lo detuviese. La leyenda, que es apócrifa, dice que Simón el Mago cayó a tierra, y allí, al ras del suelo, fue apedreado por los hombres.

Escrito por Daniel Titinger

Diciembre 21st, 2008 a las 9:53 pm

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