Tranquicardia

Esto no es un blog.

Algo típico de París

Así como otros sufren de migraña, insomnio o estrés, yo, que también sufro de todo eso, suelo padecer de trances aéreos. Mi hoja de viajes está plagada de maletas que nunca volví a ver y de noches negras recostado en alfombras de aeropuertos. Cuando viajo tengo la seguridad –ya no la sospecha– de que algo malo me pasará en el trayecto. Algunos creen en la mala vibra: piensa mal y todo saldrá mal, dice un proverbio que seguro es chino. Juro que he tenido días en los que he pensado bien y todo ha salido mal, entonces he pensado mal y todo ha salido peor. ¿Que no me crees? ¿Que necesitas evidencias? Viaja conmigo, mujer de poca fe, le dije.

De pronto estábamos los dos en un avión muy amplio e iluminado, sobrevolando el Atlántico rumbo a París. Hay algo parecido a la felicidad cuando se cruza el Atlántico camino a París. Ella me miró porque sabía que todo andaba bien. Yo intuí, por el contrario, que algo andaba mal de lo bien que andaba. Ves cómo el viaje está perfecto, me dijo. Por un momento pensé que la adversidad sólo me mostraba los colmillos cuando viajaba solo. Quizá al dios de los trayectos le guste la compañía. Casi le digo gracias, pero de pronto ella sonrió de miedo y ahora digo, sin temor a equivocarme, que toda felicidad es efímera como una cosquilla.

–¿Y nuestras maletas? –dijo ella, a manera de turbulencia.

Me cogió fuerte del brazo, como si se estuviera cayendo. O quizá en verdad todo se caía a nuestro alrededor, como en mis peores mejores viajes.

–A ver –traté de ser analítico: la desgracia me ha enseñado a ponerle la otra mejilla–, es obvio que las maletas no vuelan con nosotros.

–¿Dónde las dejaste?

Ni siquiera fue una pregunta. Fue, más bien, una mirada.

–Creo que las dejé en el otro vuelo.

El otro vuelo, por supuesto, iba a Madrid, cuando aún queríamos ir a Marruecos con escala en Madrid, cuando París ni siquiera era una posibilidad, cuando aún no le había dicho, minutos después de dejar las maletas rumbo a Madrid, que París podía ser una posibilidad, amor, que podíamos ir a donde nos diera la gana, y no porque me embargara un repentino espíritu de la aventura, que nunca tuve ni tendré, sino porque nuestros pasajes son gratuitos, sujetos a espacio, y podemos cambiarlos incluso por París. Esa ciudad nos trae buenos recuerdos.

–Puede que ahora mismo las maletas estén viajando a Madrid –le dije, y le di un beso en la frente como si ya estuviésemos caminando por los Campos Elíseos, cuatro años antes, bajo una lluvia helada de invierno.

–Qué huevón eres –murmuró ella muy bajo, y luego se recostó en la ventanilla para dormir un sueño de clonazepam que le duraría seis horas.

El clonazepam le hace a decir cosas que no quiere decir. Me tomé un clonazepam y puse la otra mejilla.

Despertamos con el temblor del aterrizaje y nos dimos un beso de bienvenida. El clonazepam también nos vuelve cariñosos. Dónde estamos, me dijo, medio confundida. Le dije que en Madrid y se tranquilizó. Le dije que no, que el clonazepam me hace decir cosas que no quiero decir. Estamos en París como hace cuatro años, y nos quedaremos aquí hasta que salga el primer avión rumbo a Madrid y podamos ir a rescatar nuestras maletas.

Estuvimos media hora en el carrusel del equipaje, envidiando a toda esa gente que se veía tan completa arrastrando sus maletas.

–Tienes el don de la mala suerte –me dijo ella.

–Sólo cuando viajo –añadí.

Ella pudo decir que la vida era un gran viaje pero no lo dijo.

–¿Y si salimos? –le pregunté.

Tomamos un tren hasta la Gare d’Austerlitz sólo para ver París como hace cuatro años. Un sol brillante y blanco nos golpeaba la cara y nuestros lentes de sol, maldita sea, estaban en alguna parte lejos de nosotros. Ojalá en Madrid. Si hacemos algo típico de París verás que se nos pasa el fastidio, le dije. Salimos de la estación. Ella tenía frío y su casaca gruesa estaba en alguna parte lejos de nosotros.

–Tengo hambre –me dijo ella.

El clonazepam tiene efectos en el apetito. Te hace decir cosas que no quieres decir. Comamos en cualquier sitio, por ejemplo, o larguémonos de esta ciudad de mierda de una vez por todas. Te hace decir cosas que nunca dirías como que es absurdo estar París con nuestras maletas tan lejos, tal vez con esos cuatro años que nos separan de París más lejos aún, y que es bueno que lo sepas de una vez: los pasajes a Marruecos los tengo en esas maletas que hemos perdido.

–¿Que hemos perdido?

No fue una pregunta.

Luego ella me dijo cosas típicas de París que no puedo reproducir, por respeto a París. Yo le dije hagamos algo típico de París, pero rápido que tenemos que regresar al aeropuerto.

Caminamos por una calle sin gente cuyo nombre no recuerdo. Sí recuerdo un letrero que anunciaba una exposición de Sophie Calle en el Pompidou.

–¿Eso será típico de París? –le pregunté, pero tampoco era una pregunta.

Entramos en un restaurante chino y comimos en silencio.

Típico.

Típico.

Escrito por Daniel Titinger

Enero 5th, 2009 a las 11:41 pm

Guardado en Cosas que no pasan