Tranquicardia

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El derecho a permanecer sentado en una fiesta

No me pidan, como Dios, santificar las fiestas. No me refiero a las fiestas de guardar, sino a las de bailar que son, en todo caso, aun peores. Odio bailar. Odio que la gente baile a mi alrededor en una fiesta así como otros detestan el humo del cigarrillo (y también detesto el humo del cigarrillo). La inmovilidad necesita su espacio y los festejos no han sido diseñados para respetar la individualidad del ser: quedarse solo en una mesa mientras todos bailan podría ser visto no como un derecho a la soledad (ganado en todas esas fiestas a las que nunca fuiste), sino como una prueba irrefutable de tu naturaleza antisocial. Es curioso que el simple hecho de no bailar resulta a veces, en el calor de una fiesta, insoportable para la gente que le gusta bailar, y en parte no voy a fiestas porque no soporto que no me soporten. Las fiestas se han convertido en una excusa para bailar, cuando debería ser al revés. Desde su primera fogata, el hombre ha danzado para provocar la lluvia, contentar a los dioses de ficción, apaciguar a los demonios reales, honrar a la Tierra y al Sol. ¿Qué clase de objetivo altruista puede haber en dos cuerpos que se sacuden y se soban, sudan y se rasguñan al ritmo del último reguetón? Lo mismo puede hacerse desde posiciones menos musicales (y verticales): la ostentación del ritmo no es exclusiva de una pista de baile.

Es hora entonces de defender lo indefendible: la impopular condición del aguafiestas. El problema, como siempre, es del resto. La presión social por bailar puede haber truncado la carrera de algún Fred Astaire asolapado a quien de niño obligaron a bailar con su tía solterona, la del bigote. ¿Quién sabe qué traumas hay detrás de un hombre que no baila? ¿Por qué no dejan tranquilos a quienes optan por la comodidad de una silla? Si las fiestas son espacios de integración social, ¿por qué tantas chicas con brackets en los dientes se quedan sentaditas en un rincón al sonar la música? ¿Por qué a los adolescentes con acné les niegan la supuesta dicha con tanto respeto: «No, gracias»? Bailé con la más fea no es un dicho popular sino la penitencia de los impopulares. ¿Por qué hay que bailar para ser cool? ¿Por qué es un aburrido el que no baila? «A mí lo que me gusta de las fiestas es conversar», se defendió alguien cuyo sistema motriz no le permitía masticar chicle y mover la pierna izquierda al mismo tiempo. ¿Cuesta tanto respetarlo? A veces es la timidez lo que impide dar un paso al frente y el alcohol es indispensable en una fiesta. La naturaleza sobria del ser humano es contraria al «Meneíto», «Aserejé», «La Gasolina», «Atrévete–te–te» y a todos esos ritmos que nacen y mueren cada verano sólo para que una fiesta –monótona como el vals– no parezca la misma fiesta. El baile dejó de ser un ritual conforme nos fuimos diferenciando del mono: los animales danzan para aparearse; los hombres parecen aparearse cuando danzan. Algo anda mal: nuestras tribus ya no festejan la llegada de las lluvias, sino que ponen un toldo en el jardín para que las lluvias no malogren sus festejos. Cada vez tenemos menos que decir y hay quienes bailan porque no tienen nada que decir. La conversación moderna es el chat y las versiones enlatadas de las fiestas –las discotecas– lo confirman con la violencia de sus decibeles. No voy a fiestas ni a discotecas porque no bailo, pero al parecer nadie espera otra cosa de ti. Cuando el compromiso es inexcusable –algún cumpleaños de mi madre, mi matrimonio–, soy de los que se atornillan a su asiento esperando un terremoto salvador. Aun así, bailé en mi boda, y esa noche me divertí danzando con la melancólica ternura de los funerales: bailé por última vez.

Escrito por Daniel Titinger

Diciembre 22nd, 2008 a las 2:01 am

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