Elogio de la panza peruana
La comida sólo es una delicia cuando empacha. Eso lo sabe todo el mundo, pero es el pecado mejor guardado en tiempos de tostadas integrales y agua sin gas al gusto. La dieta de verduras y soyas parece la doctrina moderna de la felicidad, ante la cual he fallado mil veces, de modo irresponsable, seducido ante los primeros vapores de una olla hirviendo. He sido débil y, por consiguiente, he sido gordo: imposible guardar la compostura digestiva si uno vive en el Perú, país del cebiche y del lomo saltado, del ají de gallina y del Alka-Seltzer. Ahora bien, desabróchese los cinturones que estamos a punto de despegar.
Ya lo decía en los efluvios de una sobremesa peruana un escritor mexicano al que sacábamos a comer seis veces al día sin contar el desayuno: «No entiendo cómo no son un país de gordos». Gordos no, pero sí panzones, que en la definición de un país en constante avanzada (económica, cultural, gastronómica) sería una suerte de gordura hacia delante.
La panza peruana, cuya curvatura horizontal tiende al vacío, como la política, se erige así como uno de los símbolos que forman la identidad de la Nación. Si eres peruano, no lo pongas en duda: la prominencia de tu panza mide tu amor por el país. Debido a las constantes derrotas deportivas (son casi tres décadas sin poder entrar a la zona VIP del fútbol), supimos buscar un lugar en el mapa sentimental de los pueblos heridos en su amor propio: nuestro chovinismo es sólo estomacal, ante lo cual no hinchamos el pecho sino, obvio, la barriga.
El patriotismo se expone en las calles envuelto en telares de todo calibre bajo el peculiar sobrenombre de guata, del mapuche huata, que en algunos países andinos quiere decir, justamente, panza, barriga, vientre. O incluso mejor: se expone al aire libre, con una dignidad que sólo es posible en un mundo babeante de carbohidratos, especias y grasas llamado, a la sazón, comida peruana.
No hay diferencia entre la guata del hombre y de la mujer: la comida peruana no es sexista ni racista ni se va fácilmente con el ejercicio. La mesa es la democracia perfecta, decimos, y nos limpiamos la boca. El gusto nacional tiende por la mujer entrada en carnes, fotografiada al dente para periódicos y afiches que luego empapelan las esquinas. La panza da estatus, belleza y bienestar. En cuestiones de salud más sabe el diablo por viejo, y en la cocina de mi abuela un atracón de comida es bueno para la salud.
La anorexia es un invento foráneo, como los abdominales marcados. No hay nada más peruano que lucir la panza sin pudor, y darle de comer para la envidia de nuestros vecinos: en cuestiones de la mesa, somos el primer mundo del tercer mundo. Duerma una siesta y digiéralo.
