Regreso
Bonita semana en Medellín, Colombia. Remate perfecto para regresar con este no-blog. Más apuntes y menos textos largos. Bien online, para qué.
Estuve con José Alejandro Castaño. Un amigazo. Un cronista genial. Es capaz de encontrar en una aburrida conferencia de prensa el inicio de un cuento. Lo envidio. Te envidio, José Alejandro. Termina pronto tu novela para envidiarte más.
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Los de la FNPI me invitaron a Medellín porque el año que viene la ciudad será la sede de los Juegos Sudamericanos. Esto tiene que ver conmigo porque ahora soy periodista deportivo. Yo prefiero seguir siendo un turista deportivo para sorprenderme cada día, incluso con un partido de fútbol peruano.
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El encuentro sirvió para conocer esa ciudad que Castaño me había contado en sus crónicas. La más famosa: “¿Cuánto cuesta matar a un hombre en Medellín”. Solo que allí ya (casi) nadie se mata. La última noche salí con otros periodistas deportivos a pasear por la Plaza Botero y alrededores. Vamos, Medellín ya no será el patio de Escobar, pero tampoco es Disneylandia.
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Conocí gente. Periodistas deportivos talentosos y grandes personas. A Carlos Arribas, de El País de España, ya lo leía sin haberle visto jamás la cara. No sé si les pasa, pero cuando conozco al autor empiezo a leer sus textos oyendo su voz. Por suerte la voz de Arribas es grave y pausada, bien literaria.
Ezequiel Fernández Moores es un capo. Tiene columnas en La Nación de Argentina. Se ríe de todo, incluso de mis chistes malos. Es fácil de querer. Luego otros dos argentinos, Alejandro Wall, de Crítica, y Germán Beder, de Perfil. Unos tipazos. Los empezaré a leer desde hoy para seguir escuchándolos.
Me reencontré con Pedro Ortíz, de El Comercio de Lima. No lo veía hace mucho. Es como si hubiese rejuvenecido diez años. O más. Da para investigarlo.
Hubo más gente, pero supongo que solo a ellos recordaré. Así de selectiva es la memoria.
