Tengo un Cisne Negro en la cabeza
Estoy bastante en paz en los últimos días porque leo más y escribo menos. Si todo sigue tan bien llegará el momento –ojalá llegue pronto– en que sólo pensaré en literatura para leerla. Así será, al menos, hasta que el tiempo, que va en la punta de un compás, termine su vuelta. Entonces otra vez necesitaré salir a la calle con una libreta, y apuntar algo para contar algo. Por ahora, silencio. Me tapo la boca de los dedos. El silencio, pienso, también puede ser un género literario. Como esto es un no-blog, en teoría estoy no-diciendo nada.
Necesito que otros me digan algo. Nassim Nicholas Taleb, por ejemplo. Recién he terminado de leer uno de sus libros y, al cerrarlo (tres meses de lectura a cuentagotas: había mucha información en sus 400 páginas), me quedé con la sensación de entender un poquito el mundo. Sensación que seguro desaparecerá al prender la tele con el noticiero de hoy. Es que la realidad es tan irreal.
El Cisne Negro me lo recomendó mi amigo Pablo Mancini. Luego fui injusto con él porque le recomendé mi libro. El Cisne Negro explica, razona, divaga, ensaya acerca de los hechos improbables. Las crisis económicas, las guerras, el fenómeno de internet, todo eso son “cisnes negros”, sucesos imprevisibles que la mente humana, con el humano afán de entenderlo todo, encuentra razonables luego de que ocurrieron. Así somos: profetas del pasado, finalmente.
¿Qué impacto tiene un Cisne Negro en nuestras vidas? Eso lo explica el libro. Yo no.
Yo me quedé atado a una idea. A ésa de la mente humana que lo reduce todo para la fácil comprensión.
“Nosotros –escribe el autor, en plural–, los miembros de la variedad humana de los primates, estamos ávidos de reglas porque necesitamos reducir la dimensión de las cosas para que nos puedan caber en la cabeza”.
“El Cisne Negro es lo que excluimos de la simplificación [...]. Una novela, una historia, un mito, un cuento, todos cumplen la misma función: nos ahorran la complejidad del mundo y nos protegen de su aleatoriedad”.
Por eso creemos que lo entendemos todo.
Preguntas: ¿Si leo menos entenderé la aleatoriedad del mundo? ¿Si escribo más le ahorraré –a unos cuantos lectores– la complejidad de algunas cosas?
Ya no necesito encender la tele.
