Un vuelo con insectos
El vuelo está tranquilo y veo difícil la posibilidad de morir en este avión. No es que le tenga miedo a los aviones, sino que los aeropuertos y todas sus máquinas rayos x y policías rayos x y perros rayos x se han encargado de convertir en potencial terrorista suicida a cualquier pecoso de quince años con una mochila. Viajar ya no es la aventura, sino irse de viaje. ¿Qué clase de artefacto pirotécnico puede uno esconder en una botella de agua? ¿Puede matar un cortaúñas? ¿Que qué llevo allí donde llevo la pasta dental? En fin. Ya vamos a llegar –vivos– a Buenos Aires, pero todos somos sospechosos de algo, ya lo decía, y no saldremos inmunes de esta travesía por las nubes.
Algo huele mal. Literalmente. Mal como podría oler un motor en llamas, un gas venenoso en el aire acondicionado, la muerte. No es broma. Tengo miedo.
Se encienden los parlantes, suena un bip, huele peor, y es obvio que el piloto nos dirá, con la seriedad del caso, que vamos a caer. Pienso en el Río de la Plata convertido en Hudson. ¿Tendremos posibilidades?
–De acuerdo a las leyes argentinas –dice ahora una aeromoza, hace una pausa, me sudan las manos– se debe fumigar la cabina con insecticida no tóxico.
Ya no dice más. Nadie pregunta nada. El insecticida hace su trabajo, invisible, el avión empieza a descender y todos hemos sido, desde que salimos de nuestras casas, de nuestras rutinas, un poco insectos.
