Tranquicardia

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Una idea final sobre la piratería

El Perú es Lima y Lima es Polvos Azules. ¿Qué? ¿Polvos Azules? ¿Materia del cosmos? Puede ser. ¿Sedimento de cuerpos celestes, polvos azules? Hay millones de polvos azules que bañan, con su luz sideral, los agujeros negros. Agujeros negros de mi ciudad gris. “Sí, porque la vida tiene tonalidades de grises”, dijo un lector de Coelho. “La ciudad más triste”, completó, mucho antes, Melville. A Lima, en esa pantonera de tristezas, de cosas que pudieron ser pero no fueron, le tocó la más fea. Ciudad triste y gris, y tanto peor cuando nos vamos acercando, por la Vía Expresa, al Centro de Lima. Ahora mire usted, copiloto estresado, hacia la derecha y hacia arriba. Allí donde el cielo pierde su nombre se levanta, decidido a todo, Polvos Azules. Lima, decía, es Polvos Azules. Ubíquese bien. Polvos Azules es el Perú.

Para quienes aún no han tenido la dicha de visitar Polvos –como le decimos de cariño sus habitués–, se trata del centro comercial más completo y fascinante de Lima. Símbolo máximo de la contradicción, Polvos es un paraíso de la ilegalidad custodiado por policías. Mi mundo es ser pirata, diría Jack Sparrow, que en Polvos Azules –bandera negra, calavera blanca– encontraría su capital. Total, mi mundo es pirata, escribo ahora. Mi Lima es pirata. El transporte público, la señora que vende caramelos chinos, piratas las radios, los gobernantes sin parches en el ojo, la música pirata que suena a Caribe, el tipo que lava los autos con un muñón sin garfio, la hora exacta, las comisarías, los triunfos que no existen, el cielo que tampoco, los trámites piratas de cualquier cosa, los compradores piratas como yo. Lima es pirata. Polvos Azules es Lima.

Hay que organizar tours para extranjeros a Polvos Azules. La comida peruana pasará de moda (si alguna vez estuvo de moda) y sólo nos quedará la piratería como producto bandera. Tengo amigos que visitaron el Perú, fueron a Polvos, y salieron felices con películas francesas que jamás encontrarían en Francia. Amo Polvos porque sus interiores son un laberinto adentro de un laberinto, y allí uno debe perderse. Me gusta Polvos Azules por el caos que jamás encontraría en mi casa (en mi vida diaria), y porque necesito esos extremos –serenidad y desorden– para situarme en medio. Sólo así se puede vivir como un turista.

Y comprar zapatillas Nike y Mike, o el DVD con el último concierto de Shakira en la Luna. Hay que salir de Polvos con sombrillas para el invierno y casacas para la playa. El último sábado, por ejemplo, regresé a mi casa con todo el cine de Fellini (US$10) y dos del Hombre Araña (US$2). Polvos tiene esas contradicciones: consolas de PlayStations con mil juegos de Nintendo, ratoneras que matan gatos, iPods psicodélicos jamás soñados por Jobs, talco para pies con olor a pie, sábanas king en miniatura, películas porno filmadas en la azotea de tu casa. Piensa en algo, lo que quieras, y anda a buscarlo a Polvos Azules. Si no lo encuentras te devuelven el dinero.

¿Por qué este homenaje repentino a Polvos? No lo sé. A veces, cuando salgo de Polvos cargado de piratería, pienso que si nos creyéramos algún día el cuento del desarrollo, este centro comercial no tendría que existir. Si yo no fuera tan malo y tan pirata, en lugar de comprar en Polvos tendría que denunciarlo. Comer más cebiches y ver menos Fellinis. Si no fueramos un país tan raro, el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi), tendría que cerrar de una vez y para siempre Polvos Azules en lugar de joder y joder y seguir jodiendo a mi amigo Alfredo Bryce Echenique.

Escrito por Daniel Titinger

Enero 21st, 2009 a las 1:45 am

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