Zoológico Colombia
José Alejandro Castaño es el cronista colombiano que me hubiese gustado ser. Lo padecí como editor por sus constantes demoras al entregarme sus reportajes, pero luego, a la hora de la verdad, cuando llegaba su correo con el asunto “aquí va, man”, leerlo (ya no editarlo) resultaba un placer. Castaño, además, sabe cultivar las amistades tanto como yo y ha tenido el gran gesto de no mandarme su último libro. Está bien, man, yo hubiese hecho lo mismo.
Igual, ya conseguí “Zoológico Colombia” y sólo le falta el autógrafo para tenerlo completo. Me gusta coleccionar autógrafos en las primeras páginas de los libros: si luego los vendo valdrán más. (No es el caso de “Zoológico Colombia”, por supuesto. En realidad no vendo mis libros. Ni siquiera los compro. En fin…). Si tienen algún conocido que viaje al país del Shakira, encárguenle un ejemplar de Zoológico. O dos, y así lo leen dos veces.
A continuación, copio el prólogo que escribí para su libro. Por suerte, no borró nada. La mala suerte, para él, es que ahora el libro viene con mi prólogo.
Como una celebración de la vida, José Alejandro Castaño inicia este libro desde la agitada placidez de un parque de diversiones. La resaca de la violencia siempre será menos artificial en el vértigo de una montaña rusa. Allí se sitúa el cronista, hijo del barrio 12 de Octubre de Medellín, para contarnos su versión de los hechos. La vida es como una montaña rusa, dice él, a modo de dedicatoria, y sólo quien ha convivido con narcotraficantes y sicarios puede oler el verdadero peligro detrás de una metáfora de alto calibre.
Porque en “Zoológico Colombia” todo es una metáfora de algo, o una excusa de algo, o una idea de algo. En la libreta de apuntes de José Alejandro Castaño, la simple aparición de una burra en el camino (léase “La fiesta del burro”) puede ser un pasaporte a la felicidad. O la felicidad misma. Un perro callejero y asustado, la imagen de la fidelidad y la valentía. Todo ocurre por algo.
De las actividades humanas, quizá no haya nada más aburrido –y más humano– que mirarnos a un espejo. El cronista sabe que el lector no puede mirar a otra parte, y ha visto en los animales un modo más imparcial de explicar y sorprender con lo cotidiano. El zoológico es la metáfora, la excusa, la idea: una tortuga lanzada desde un sétimo piso es también una forma de entender nuestra propia supervivencia.
A dos hipopótamos que se pierden en las espesuras que bordean el río Magdalena, el cronista les adjudica el irremediable don de la tristeza. Los animales sobreviven a los tiempos de Pablo Escobar, de cuando el capo mandó a construir su propio zoológico del Edén en la hacienda Nápoles, con avestruces, cebras, caimanes, jirafas, flamencos, monos y otras especies imposibles. El zoológico desapareció muy rápido, como las malas noticias, pero sobrevivió allí un grupo de hipopótamos comandado por un enorme macho alfa, amo de todas las hembras hipopótamos. ¿Qué hacen dos machos perdidos en el río Magdalena? Buscan descendencia lejos del macho dominante y acaparador. ¿Cómo sobreviven? Tristes. ¿Adónde van dos hipopótamos tristes? A ninguna parte y a todas, y son el reflejo, intuye Castaño, “de esa habilidad humana de joderlo todo”.
Lejos de las fieras de Escobar, el cronista encuentra en una cárcel de Villavicencio, Casa Blanca, una metáfora del amor, y ve hasta en el nombre de un barrio, 20 de Julio, fecha célebre en Colombia, la idea de esa libertad pasada y hoy promesa custodiada por rejas. Una reja también es, por cierto, una metáfora. José Alejandro Castaño visita a un travesti para comprender la angustia del paso del tiempo –el tiempo del hombre, del país–, donde ya nada es igual así esté inundado de maquillaje.
Hay una mujer que desentierra muertos en el Putumayo, esqueletos que cuentan la historia del presente y que, tendidos en el suelo de la selva parecen, dice Castaño, marionetas entre palas y rastrillos. El comentario no es macabro; desde una montaña rusa no hay que asombrarse mucho por lo que uno dice: hay un circo de cachivaches, escribe el cronista, un circo de paso con marionetas tendidas en el suelo, “uno que podría llamarse Circolombia”. Leo a Castaño con fascinación de editor y envidia de cronista. Quiero sus historias en la revista que edito desde Perú, pero tengo la sensación, ya como periodista, de haber llegado tarde a todo. Incluso a las ideas.
Quienes vemos a Colombia desde afuera, siempre hemos sentido que no hay país más extraordinario en historias para contar. No me refiero a las historias de violencia, de mayor o menor voltaje dependiendo del país que uno elija en Latinoamérica. Me refiero a ésas que fascinan por su banalidad, por ser tan sorprendentes en su estado más ordinario. ¿Por qué los líos fronterizos de un gobierno tendrían que ser más importantes que la vida de Muchacho, una mezcla de león y tigre que crece en un zoológico para fieras retiradas? ¿Qué explica mejor a un país? En Colombia, lo real maravilloso tiene tanto de maravilloso como de real, y esto tiene poco que ver con la ficción: todo colombiano es, por naturaleza, un narrador de cuentos de su propia experiencia, y toda experiencia resulta más reveladora que un dato de periódico.
José Alejandro Castaño, lo sabemos quienes lo conocemos y nos deslumbramos con sus historias, con los detalles de sus textos, con su modo de entender –y hacernos entender– lo que sucede, es una de las voces más lúcidas y calificadas para contar la realidad. Por si fuera poco, es entretenido. Por si fuera poco, suele estar donde ocurren las cosas, o más precisamente: suele ver, allí donde no parece haber nada, una historia digna de contarse. Hoy lo vuelve a hacer por escrito, con “Zoológico Colombia”, pero estas mismas historias se las escuché en cafés y sobremesas. Sólo las pasó en limpio, después de visitar un parque de diversiones y comprobar que hasta allí no llegaban las balas. Vaya país.
A Colombia se le visita con los oídos y con la vista. Hablar es perder tiempo valioso. Eso me ocurría a mí cuando oía a José Alejandro Castaño contarme estas mismas historias. Yo guardaba silencio. Haga lo mismo al leer estas páginas.
